Bienvenidos al Proyecto Oz, una organización sin fines de lucro que alienta, a niños de bajos recursos y adultos jóvenes, a vivir experiencias que motiven a imaginar sus sueños.
Nuestro comienzo
En el verano del 2006, un viaje por globo en San Miguel de Allende, México cambió mi vida para siempre. Sentía como si flotara en la burbuja de Glenda, la bruja buena: fue mágico. Me di cuenta de dos cosas mientras volaba por los aires: No existen las fronteras en este mundo. Tus sueños no conocen límites, ninguno. Lo que sueñas lo puedes hacer realidad. Esto tuvo más significado para mí porque ya no sabía cuáles eran mis sueños. Tenía comida, casa y educación, una vida tranquila como madre y escritora en Texas. Pero deseaba algo más. Y no sabía que era.
Jay Kimball, piloto de globos en San Miguel, me invitó a ser su saco de lastre en su próximo vuelo. El lo llamaba un viaje a través del “reino del arcoiris .” Un globo vuela hacia donde el viento lo lleve. Ese día aterrizamos en el patio de una escuela rural. Los niños, que habían estado en sus salones un rutinario martes en la mañana, miraron hacia la ventana y vieron un globo aerostático aparecer de la nada y aterrizar en el suelo. Salieron de la escuela corriendo, gritando y riendo. De repente me vi rodeada de un montón de cuerpos inquietos, aventándose, jalándose, besándose y abrazándose. Fue uno de los momentos más gozosos de mi vida. Nos ayudaron a doblar, envolver el globo, guardarlo en la bolsa y ponerlo en el trailer.
Ya casi nos ibamos cuando una niñita llamada Lydia salió de entre la multitud. Ella era tímida y yo hablaba un español muy básico, pero sí nos entendimos. Ella me dijo que quería ser doctora algundía, unos de los primeros grandes sueños de una niñita con coleta, calcetines impares y la sonrisa como el cielo. Ella nos preguntó si ibamos a volver otro día por ella y sus compañeros para ir a volar. Le dije que me encantaría hacer eso.
En nuestro siguiente viaje aterrizamos en un pueblo en el campo lleno de polvo, cactus y costales hechos de palma. Encima de los techos de aluminio había grandes rocas para sostenerlos. Era un mundo que nunca había visto. Cuando estabamos aterrizando, los niños empezaron a amarrar sus burros a los árboles y vinieron corriendo, riendo, y nos preguntaron si necesitabamos ayuda. Les enseñamos como halar del anillo de la boca del globo para dejar salir el aire caliente, también les enseñamos cómo enrollar el globo y guardarlo en su bolsa. Por último nos ayudaron a poner el globo en el trailer.
Les pregunté en español: "¿Quiéren subir un día?". Sus rostros llenos de felicidad, asintieron. Me preguntaba por qué no estudiaban y me enteré que sus familias no podían pagar la escuela. Todos los días cuidaban burros, pero al menos este día, por unos minutos, cambiaron su rutina y nos ayudaron con el globo.
Estos viajes se volvieron a repetir en lugares aislados—siempre había uno o dos niños que salían del grupo para saludarnos con mucha educación. Rosa. Marisol. Juan Carlos. Jorge. Daniela. Leo. Nos saludaron de mano, querían saber cómo funcionaba el globo aerostático y qué tan lejos podía llegar.
Nos preguntaron si algun día los ibamos a llevar en globo.
Empecé a darme cuenta que cada pueblito escondido y orfanato había muchos niños inteligentes con el deseo de ser grandes profesores, científicos, doctores, artistas, presidentes. Se necesita la concientización y el apoyo de la gente de alrededor de estos pueblos para ayudarlos a realizar sus sueños. Un globo aerostático los inspiró tanto a ellos como a mí. Por eso quería traerles uno, para que vieran más allá de sus techos de aluminio, para que flotaran y soñaran sobre el arcoiris.